martes, 14 de octubre de 2014
Cocaína
Adictos a recuerdos. Ellos saben que viven en la cuerda floja de la cordura y la locura. Rodrigo lo sabía. Lo pensaba entre pases, cuyos efectos, cada vez que los evocaba, le abrían la vida, le abrigaban la tristeza, bendita cocaína. Le habían advertido que con eso de los recuerdos (en especial los blancos inmaculados cómo ese), había que andar con cuidado: que con ellos uno se va con el gusto del sabor de la saliva confundiéndose con el aire de antes, que uno se duerme con el calor del ahora mientras la humedad, a la línea del antes y el después, borra. Pero a un beso como ese, que lo enviaba tan lejos teniendolo tan cerca no se le podía poner límites; esos besos eran para perder el control, para abusar y dejarse abusar de ellos, mientras se consumen las horas, se despilfarra el sentido, para vivir entre dosis de nostalgia.
Esto no fue así siempre; ese malgasto de cualquier cosa que valiera la pena, parte de toda adicción que se haga respetar, también tuvo un día uno, un momento cero: Todo empezó un día de esos en que las lágrimas fueron las últimas en verlo despierto, mientras le rogaba a Dios que le diera aunque fuera un par de minutos de paz entre la perpetua tormenta que la tristeza del abandono había traído a los mares de sus adentros. Tenía semanas sin dormir, lo cual le había irremediablemente petrificado ese aire de lástima en el rostro. Había envejecido 30 años en cuestión de días; poco a poco estaba perdiendo no solo las ganas de vivir, sino que también estaba olvidando como se hacía eso de la vida. Con el solo escuchar el susurro de las primeras sílabas del nombre de la autora intelectual de sus desgracias, su corazón se detenía del susto, y esos saltitos ya lo estaban desgastando. De vez en cuando no solo le fallaba la atención, sino tambien la coherencia. El hambre era algo que ya le parecía extraño y, poco a poco, empezó a olvidar el significado de la palabra rico, así como el de cariño, esperanza, placer.
Fue en aquel nocturno, en medio de la sal de dicha noche, en el que por primera vez se atrevió a recordarla en ese mismo lecho, con ese mismo frío de aguacero. En su delirio, al lamerse la comisura de los labios, se le fue confundiéndo por primera vez la sal de las lágrimas con el sabor del sudor de esa desnudez que solía respirar a su lado, ese latir ajeno que lo búscaba sin pudor ni vergüenza, sin nada más que el hambre de sus deseos. Y en ese remolino de emociones, salivando el anhelo, mimificando su cuerpo, pretendiendo ser dos personas para poder sentir como una, la dureza de la emoción fue dejando la prudencia entre las sabanas y, en la taquicardia de la pasión, el amor se derramo entre sus piernas. Él, suspirando entre placer y tristeza, por fin pudo conciliar el descanso. Despertó un poco menos triste, con la acostumbrada ansiedad en el pecho, despeinado como siempre, nada nuevo; pero él sabía que ahora todo sería distinto.
Poco a poco fue cada día evocandola más, durmiendo mejor, sintiéndose un poco menos sólo. Y en su ritual, iba seduciendola, amandola en su silencio, hasta que de las noches paso también a las mañanas, luego antes del almuerzo y a veces hasta la madrugada, hasta que el control era una mera formalidad, y la prudencia algo secundario.
Se volvió loco porque, sí, también los que pasan mucho tiempo navegando el universo de la mente pueden encontrarse con un hoyo negro y perderse para siempre, tal como le paso a él. Si bien es cierto que antes no comía, poco hablaba y solo bebía tragos de nudos de garganta, ahora se había abstraído por completo a esta interpretación de nirvana en dónde solo le bastaban aquellos encuentros, cada vez más compulsivos, más frenéticos, más perversos para sobrevivir. Renunció a esta vida para poder seguir existiendo en aquella otra en donde estaba su Mía. Dios, en sus distintas manifestaciones, intentó de hacerle recobrar el sentido por todo tipo de señales, consejos, imprevistos, infortunios (un día su madre, guiada por un extraño presentimiento, o como popularmente se conoce como "corazonada" (o como Dios prefiere llamarlo, "diosidencia"), salió a ver por qué para entrar estaba tardando tanto; lo encontró en el carro, con las ventanas arriba, sudado, con apariencia de haber estado por horas en esa cápsula artificial de jadeos y aliento, abandonado a las tramas de sus manos), y, a pesar de los golpes, el llanto, los comentarios de los vecinos, la vergüenza digital, todo fue en bano. Y la desgracia en estos casos no es que uno se reconozca frágil y se desquiebre en tristeza y llantos, que caiga en la humillación, se reconozca adicto, con un problema, que se confiese entre un círculo de extraños y vivir por siempre en una compulsiva abstinencia, sedado de un placer que es más grande que él; el problema es cuando ya este placer se ha abstraido del ahora y se ha mezclado con las memorias, cuando el adentro se ha devorado todo el afuera.
Un día en el que se sentía más fuerte (o más solo tal vez) que nunca, en esa confusión de desesperación y euforia, ya con varios pases de recuerdo encima, cometió el error de mezclar las drogas de la vida con las de la mente, y en un coctél farmacéutico, complementado con su acostumbrado pasé de cocaína onírica, se encerró a soñar con ella y, como todos sabemos, no hay cuerpo que aguante tal sobre dosis de manía.
Se abandonó no solo a sus habituales recuerdos, sino que los mezclo con las más intensas fantasías, esas que, en la vigilia, la poca sanidad que le quedaba no le permitía por miedo al bajón (o la locura) que le seguía: un encuentro autoerótico perpetuo, en donde no se podía parar de estimular la pasión suspendida en el tiempo, desgarrando la piel, irritando a los nervios, consumiendo la poca energía que le quedaba al cuerpo para seguir con vida. Pero acá, siendo ajeno a todo, amo y señor de las reglas de la vida y de la muerte, desentendido del latir del tiempo, se escapó a este surrealismo tierno y perverso, saturando esa creciente expansión de emociones en su pecho.
Una y otra vez se amarían, compensando toda la ausencia, todo el tiempo perdido. Se abusarían hasta la última gota del jugo vital, hasta que de tanta pasión quedarían hechos polvo, hasta la última pena, y se lamerían las ansías hasta que se le cayera la vergüenza. En ese gusto, en ese abuso y compulsión, perdió a noción de las reglas de la realidad. En medio de su desenfreno, a mitad de pleno vuelo, como un castigo divino ante tal escena bosquesca, un estruendo salío de aquel cielo, quebrando la escenografía de su acto, justo cuando el acababa de venir a la vida, y esa sensación de estar más vivo que nunca pero con el rigoris mortis del cuerpo, floto en ese limbo con nada más que una gran sonrisa.
Lo encontraron tieso como el olvido, blanco como la nieve y porozo somo la harina, su colchón mojado y el aire impregnado con un vulgar aroma a vida.
Giank
Imagen: http://enpundit.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2012/07/anton-surkov-black-and-white-bodies-and-dust4.jpg
miércoles, 8 de octubre de 2014
Asfixia
Murió de asfixia porque
ella, al partir,
lo dejó sin besos
y él, en esos besos,
es que encontraba el aire.
Giank
Imagen: Les Amants - René Magritte (1958).
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