sábado, 13 de diciembre de 2014

Piedras

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estatua.
(Del lat. statŭa).

quedarse hecho una ~.
1. loc. verb. Quedarse paralizado por el espanto o la sorpresa.
 (ó tristeza)

     Siempre me pregunté por qué mi abuelo tenía la mirada apagada, como consumida. Sus ojos me recordaban al negro ceniza, esa suerte de negro que no terminaba de ser absoluto, y más bien se iba difuminando en un gris plateado, pasando a un gris usado, para luego quedar un gris nada. Su mirada siempre fue triste, aunque en su rostro hubiera alegría. Era como si algo se le hubiera petrificado en la memoria, como si un dolor no hubiera podido lavarse de su vida, y poco a poco se fue sedimentando en sus pupilas, hasta quemarlas, y luego disecarlas.

      El día en que murió, se nos fue por causa natural. Su corazón viejo y gastado decidió que era hora de retirarse por la puerta grande y colgó para siempre los zapatos. Se nos fue en un momento, sin grandes dramas, grandes escenas, casi de manera casual. Cuando alguien muere, curiosamente lo primero que se piensa luego del asombro es "¿Qué hacemos con el cuerpo?". Queríamos enterrarlo con su madre, y a ella, como era la tradición de ese entonces, se le había hecho un cepelio de cuerpo presente, respetando las viejas costumbres de que los muertos merecen una morada en donde descansar, y que no hay nada más sagrado que la integridad del cuerpo. Por ende, decidimos buscar una parcela en donde poder dar el mismo tributo a mi abuelo.
      Los señores de la funeraria "Entierros Aguirre", profesionales de familia con más de 25 años de experiencia en el negocio de las pérdidas sentimentales y el manejo adecuado de las despedidas, nos ayudaron en todo el proceso. Al momento de elegir el ataúd, nos advirtieron que desde hacía un año se había aprobado una nueva ley ambiental que dictaminaba que "todo cadáver, previo a su proceso de entierro, debe ser debidamente analizado para poder establecer su nivel de fertilidad y si el mismo califica para ser enterrado en una parcela de un cementerio local".
- "No se preocupen, es una cuestión protocolar. Ustedes saben como son los ambientalistas."- Nos comentó el señor Aguirre III, tercera generación de enterradores. Fue grande nuestra sorpresa cuando un par de días posterior a los debidos exámenes, nuestra solicitud de enterrar a mi abuelo como había sido enterrada mi bisa abuela fue rechazada
-"Nos da mucha pena con ustedes, pero los análisis dictaminan que su familiar no califica para poder ser enterrado como materia fértil."- Al leer el informe, todo parecía en orden, a excepción de un indicador "Los exámenes biológicos reportan que el sujeto, portador de tristeza crónica y recuerdos sedimentados, a raíz de esta condición, fue acumulando altos niveles de desolación los cuales se esparcieron en toda su existencia, hasta petrificarse en el momento de su muerte."
-"Bueno, crememoslo."- Dijo mi abuela al leer el reporte. Claro, no quedaba de otra opción, no era lo ideal, pero en la muerte, impera lo práctico, no lo romántico. Doble fue nuestra sorpresa cuando de la funeraria "Entierros Aguirre" nos notificaron "Señores, nos da mucha pena con ustedes nuevamente (menos mal que no eran burros y que no estábamos en Cartagena), pero el cuerpo no pudo ser cremado. El mismo se ha vuelto una piedra."- Se había petrificado con los ojos abiertos, con esa mirada ceniza, disolviéndose en la nada. 

      No nos quedo de otra que ponerlo en nuestro jardín, decorado con algunos palos de mango, que eran sus favoritos. El día del cepelio todos lloraron. Algunos lloraron lágrimas azules, llenas de emoción y de recuerdos, otros lágrimas turquesa, cargadas de nostalgia y arrepentimientos, y otras lágrimas más oscuras, de un azul oscuro hinchado en tristeza. Todos lloraron menos yo. Mi abuela, con una sonrisa agridule en el rostro, al ver que mi rostro estaba tan seco como un desierto, me comentó "Sabes, nunca me había dado cuenta pero tienes la misma mirada de tu abuelo. Él tampoco lloraba, aunque estuviera muy triste."

      Y así me enteré que yo también estaba condenado a ahogarme en tristeza hasta que poco a poco mis ojos se fueran petrificando, hasta volverse ceniza, y se secaran, como piedras, me conviertiera en estatua, me rodearan de vida, sin yo poder disolverme y volverme parte de ella.


                                                                                                                                      Giank


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martes, 14 de octubre de 2014

Cocaína



     Adictos a recuerdos. Ellos saben que viven en la cuerda floja de la cordura y la locura. Rodrigo lo sabía. Lo pensaba entre pases, cuyos efectos, cada vez que los evocaba, le abrían la vida, le abrigaban la tristeza, bendita cocaína. Le habían advertido que con eso de los recuerdos (en especial los blancos inmaculados cómo ese), había que andar con cuidado: que con ellos uno se va con el gusto del sabor de la saliva confundiéndose con el aire de antes, que uno se duerme con el calor del ahora mientras la humedad, a la línea del antes y el después, borra. Pero a un beso como ese, que lo enviaba tan lejos teniendolo tan cerca no se le podía poner límites; esos besos eran para perder el control, para abusar y dejarse abusar de ellos, mientras se consumen las horas, se despilfarra el sentido, para vivir entre dosis de nostalgia.
      Esto no fue así siempre;  ese malgasto de cualquier cosa que valiera la pena, parte de toda adicción que se haga respetar, también tuvo un día uno, un momento cero: Todo empezó un día de esos en que las lágrimas fueron las últimas en verlo despierto, mientras le rogaba a Dios que le diera aunque fuera un par de minutos de paz entre la perpetua tormenta que la tristeza del abandono había traído a los mares de sus adentros. Tenía semanas sin dormir, lo cual le había irremediablemente petrificado ese aire de lástima en el rostro. Había envejecido 30 años en cuestión de días; poco a poco estaba perdiendo no solo las ganas de vivir, sino que también estaba olvidando como se hacía eso de la vida. Con el solo escuchar el susurro de las primeras sílabas del nombre de la autora intelectual de sus desgracias, su corazón se detenía del susto, y esos saltitos ya lo estaban desgastando. De vez en cuando no solo le fallaba la atención, sino tambien la coherencia. El hambre era algo que ya le parecía extraño y, poco a poco, empezó a olvidar el significado de la palabra rico, así como el de cariño, esperanza, placer.

    Fue en aquel nocturno, en medio de la sal de dicha noche, en el que por primera vez se atrevió a recordarla en ese mismo lecho, con ese mismo frío de aguacero. En su delirio, al lamerse la comisura de los labios, se le fue confundiéndo por primera vez la sal de las lágrimas con el sabor del sudor de esa desnudez que solía respirar a su lado, ese latir ajeno que lo búscaba sin pudor ni vergüenza, sin nada más que el hambre de sus deseos. Y en ese remolino de emociones, salivando el anhelo, mimificando su cuerpo, pretendiendo ser dos personas para poder sentir como una, la dureza de la emoción  fue dejando la prudencia entre las sabanas y, en la taquicardia de la pasión, el amor se derramo entre sus piernas. Él, suspirando entre placer y tristeza, por fin pudo conciliar el descanso. Despertó un poco menos triste, con la acostumbrada ansiedad en el pecho, despeinado como siempre, nada nuevo; pero él sabía que ahora todo sería distinto.
     Poco a poco fue cada día evocandola más, durmiendo mejor, sintiéndose un poco menos sólo. Y en su ritual, iba seduciendola, amandola en su silencio, hasta que de las noches paso también a las mañanas, luego antes del almuerzo y a veces hasta la madrugada, hasta que el control era una mera formalidad, y la prudencia algo secundario.

      Se volvió loco porque, sí, también los que pasan mucho tiempo navegando el universo de la mente pueden encontrarse con un hoyo negro y perderse para siempre, tal como le paso a él. Si bien es cierto que antes no comía, poco hablaba y solo bebía tragos de nudos de garganta, ahora se había abstraído por completo a esta interpretación de nirvana en dónde solo le bastaban aquellos encuentros, cada vez más compulsivos, más frenéticos, más perversos para sobrevivir. Renunció a esta vida para poder seguir existiendo en aquella otra en donde estaba su Mía. Dios, en sus distintas manifestaciones, intentó de hacerle recobrar el sentido por todo tipo de señales, consejos, imprevistos, infortunios (un día su madre, guiada por un extraño presentimiento, o como popularmente se conoce como "corazonada" (o como Dios prefiere llamarlo, "diosidencia"), salió a ver por qué para entrar estaba tardando tanto; lo encontró en el carro, con las ventanas arriba, sudado, con apariencia de haber estado por horas en esa cápsula artificial de jadeos y aliento, abandonado a las tramas de sus manos), y, a pesar de los golpes, el llanto, los comentarios de los vecinos, la vergüenza digital, todo fue en bano. Y la desgracia en estos casos no es que uno se reconozca frágil y se desquiebre en tristeza y llantos, que caiga en la humillación, se reconozca adicto, con un problema, que se confiese entre un círculo de extraños y vivir por siempre en una compulsiva abstinencia, sedado de un placer que es más grande que él; el problema es cuando ya este placer se ha abstraido del ahora y se ha mezclado con las memorias, cuando el adentro se ha devorado todo el afuera.

     Un día en el que se sentía más fuerte (o más solo tal vez) que nunca, en esa confusión de desesperación y euforia, ya con varios pases de recuerdo encima, cometió el error de mezclar las drogas de la vida con las de la mente, y en un coctél farmacéutico, complementado con su acostumbrado pasé de cocaína onírica, se encerró a soñar con ella y, como todos sabemos, no hay cuerpo que aguante tal sobre dosis de manía.

     Se abandonó no solo a sus habituales recuerdos, sino que los mezclo con las más intensas fantasías, esas que, en la vigilia, la poca sanidad que le quedaba no le permitía por miedo al bajón (o la locura) que le seguía: un encuentro autoerótico perpetuo, en donde no se podía parar de estimular la pasión suspendida en el tiempo, desgarrando la piel, irritando a los nervios, consumiendo la poca energía que le quedaba al cuerpo para seguir con vida. Pero acá, siendo ajeno a todo, amo y señor de las reglas de la vida y de la muerte, desentendido del latir del tiempo, se escapó a este surrealismo tierno y perverso, saturando esa creciente expansión de emociones en su pecho.
Una y otra vez se amarían, compensando toda la ausencia, todo el tiempo perdido. Se abusarían hasta la última gota del jugo vital, hasta que de tanta pasión quedarían hechos polvo, hasta la última pena, y se lamerían las ansías hasta que se le cayera la vergüenza. En ese gusto, en ese abuso y compulsión, perdió a noción de las reglas de la realidad. En medio de su desenfreno, a mitad de pleno vuelo, como un castigo divino ante tal escena bosquesca, un estruendo salío de aquel cielo, quebrando la escenografía de su acto, justo cuando el acababa de venir a la vida, y esa sensación de estar más vivo que nunca pero con el rigoris mortis del cuerpo, floto en ese limbo con nada más que una gran sonrisa.

     Lo encontraron tieso como el olvido, blanco como la nieve y porozo somo la harina, su colchón mojado y el aire impregnado con un vulgar aroma a vida.


                                                                                                                                   Giank

Imagen: http://enpundit.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2012/07/anton-surkov-black-and-white-bodies-and-dust4.jpg

miércoles, 8 de octubre de 2014

Asfixia



Murió de asfixia porque 
ella, al partir, 
lo dejó sin besos 
y él, en esos besos, 
es que encontraba el aire.
                                                                                                                                                Giank



Imagen: Les Amants - René Magritte (1958).

jueves, 25 de septiembre de 2014

Escrito en piedra



"La muerte es lo único que está escrito en piedra." Dijo para sí mismo al inicio de aquella calurosa mañana. De un corrientazo, torpe pero decidido, tiró la taza de pereza, esa que tanto confort le da cada mañana, se restregó los restos de pesimismo de los ojos, se enjuagó el tufo de todo lo que no pasará hoy pero sí tal vez mañana, se paró, se abotonó el valor, se cubrío la cabeza con la gastada pero vigente determinacíon de ala larga, se cargó el pecho de todo el presente que pudo y salío a re escribir todo eso que todavía se podía, todo lo que irá después del dos puntos de su nombre: la vida, esa fábula polimorfa y caprichosa que se escribe sobre la canva de todos los días.

                                                                                                                   
                                                                                                                        Giank




domingo, 20 de julio de 2014

Cortesía


[URRAO+119.jpg]


Que todo acabe, sin previo aviso, 
como si la vida,
en su malcriadez,
ignorara la más básica cortesía,
de que, al partir,
se tiene derecho a una despedida.

Giank


Imagen: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg5lhOhczq6h63rynjhsVoF8J9QYYdnoNfrhjdhxsuPyAi7UQKCZSsqCKhwOvFy1TY_zCAEP-kTS80mXXNv7ypNaU4dTuhyLuFPiXJrD9bUDEv-jPBuoDbEeQseFUJ-l6vHivcDv-sdRw4/s1600-h/URRAO+119.jpg

lunes, 23 de junio de 2014

Libreto

     Era una noche de esas que nos es familiar a todos: de esas en donde el silencio calla a todo intento de compañía, en donde las únicas voces que suenan son el movimiento de todos los objetos inanimados que son manipulados por un solitario que, en la oscuridad, intenta  prepararse una compañía que le caliente el alma (un trago de whiskey). Desilucionado se pregunta que ha pasado con él, de donde a venido a salir tanta tristeza, y cómo uno se deshace de ella. Hacía ya varios meses que nadie lo visitaba, que su vida laboral era cada vez más mecánica y su sonrisa sólo se iluminaba con la luz de su pantalla cuando veía series americanas en diferido. Una y otra vez la soledad, el automatismo, el pecho sintiendose más frio, como el metal, como un robot.

      Esa noche (la del whiskey), eso que estaba mal, ahora andaba peor. Se sentía solo, sí, como siempre, pero ahora también estaba triste y son pocos los que salen vivos de una sobre dosis de dicha combinación. Desesperanzado, dando grandes suspiros, llenos de lástima y desespero, tomó una hoja de papel cualquiera y, con el whiskey mojando la mesa y las lágrimas mojandole las mejillas, empezó a garrapatear cada uno de sus dolores: Era la biografía de su tristeza. Cada mirada triste, cada borboteo de nerviosismo en el pecho, cada apretón de ansiedad. Todo, todo estaba allí: cuando se murío su abuela, la que fue como su madre, cuando perdió a su oso de peluche, fiel compañero y primer abrazo conocido, el día que por primera vez le rompieron el corazón sin abrirle el pecho, las burlas, los fracasos, la lástima en el colegio, las aventuras no vividas, los sueños no cumplidos. Todo en letra minúscula porque le dolía tanto verlo.

      Ya amaneciendo, era hora de ir al trabajo. No había dormido por estar autoconfesándose con aquella hoja, dejando para el mundo ese único legado de tristezas. Dobló la hoja varias veces y se la metío al bolsillo, pensando que en el trabajo podría continuar.

       Ya en el camino, mientras veía por la ventana del acostumbrado bus, pensó en su gato. Ese que siempre lo fastidiaba a la hora de dormir y de despertar, que le lamía los vasos que dejaba descuidados en la mesa, le robaba la mitad de la cama, llenaba de pelos su cuarto, que un día espanto a una chica porque era alérgica a los felinos. Él también estaba en el confesionario de la noche anterior, dormido, sin arrepentimientos, pero siempre acompañandolo. Recordar a ese pequeño bribon le dejo una pequeña sonrisa en el rostro. Esa pequeña montañita de ternura era alguien especial para él. Luego recordó a sus hermanos, cuanto extrañaba a cada uno. Todas las cosas que compartían, todo el odio que se tuvieron. Todos los golpes, los robos, los insultos. Toda esa vida. Sacó su móvil y fue escribiendole a cada uno, y para su sorpresa, cada uno le fue contestando. Se fueron contando cualquier tontería que tuvieran en el momento, sintiendo ese comfort de poder hablar a pesar de la distancia, de las vidas, del tiempo. Mientras les contaba el día a día repleto de vulgaridades, que tanta risa les daba, se le ocurrieron un par de frases buenas, unas de esas que a todos les gustan. Había perdido la práctica, pero le salieron bien las conjugaciones gramáticas y le agradaba el pequeño fragmento de verso que había engendrado: "El lucero está cuándo nos damos cuenta que es de día." Tal vez nadie la entendería pero para él, aquel pasajero del bus de todos los días que se encontraba recordando sonrisas y ternuras, se sentía como la razón para estar en este mundo.

       Llegó a su parada. Bajo del bus y caminaba satisfecho, contento, optimista. Que bueno había sido aquel viaje. Cuando llegó a su puesto, se sentó y, vaciandose los bolsillos, como siempre acostumbraba, se dió cuenta que no cargaba su papel de desgracias. Se empezó a desesperar. Buscó enérgicamente por todo su cuerpo tanteandose como un tambor; estaba nervioso. ¿Qué haría ahora? ¿Y su historia? ¿La tristeza de aquella noche?

     Vencido, se sentó en su cubículo y, trazando palabras en el aire, fue escribiendo donde pudo: "Y él perdió aquella lista de tristezas, ese guión que tanto trabajo le había tomado, y le dijó al director:
- ¡Perdí el libreto ¿Ahora qué hago?


- Bueno, el otro único rol que queda.
- ¿Cuál?
- Ser feliz.


Giank


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miércoles, 18 de junio de 2014

Una pregunta cualquiera

    

     Sin mayor explicación, actuando cuál capricho, sin ganas de responder preguntas, dejar razones profundas ó justificaciones poéticas, cruzó el umbral de aquella vida y hasta dejó la puerta abierta a su salida.

     Y él, académico, intelectual, hombre de ciencia, el nombre más grande de ese arte que llaman "Psicología", él, que ha dedicado la vida entera a responder todos los "por qué" en existencia, recordaba con tristeza aquella pregunta, esa para la cual todavía no ha encontrado respuesta.


Giank


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sábado, 7 de junio de 2014

La comisura de tu mirada.

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      Creía que el siseo de su sensualidad estaba en las curvas de su cuerpo, pero no se daba cuenta que el doblez de su aliento ocurría en las comisuras de su mirada.


Giank

Imagen: http://www.blogseitb.com/cienciayhumanismo/wp-content/uploads/sites/38/2011/06/Mirada-1.jpg

martes, 8 de abril de 2014

Estado de emergencia.




Preocupados, los árboles se proclamaron en "estado de emergencia",
Los humanos, ya de por si extraños, pero de acordada convivencia
han caído en una eufórica, bizarra e inexplicable impaciencia,
de crear sus propios bosques, con sus propias caras y banderas,
vistiendo cuanto ser erecto o que toque el cielo se les aparezca.

"¿Y entonces que será de nosotros?" se preguntan algunos,
"Ya ni nuestra magestuosidad, nuestra diferencia, nuestra delicadeza,
ya ni lo sublime del dosel respetan." suspiran y lamentan.
Es que lastimosamente compartir ya no podemos con esta tierra,
al menos no con nadie que no se nos parezca. 

Giank

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martes, 7 de enero de 2014

Desvelo


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      No podía dejar de fantasear con cada una de sus palabras...
                                                               
                                                                       Giank







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lunes, 6 de enero de 2014

Gotera

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     El vacío tenía una gotera de recuerdos que le empapaban la frente. Se movió de lugar, buscando conciliar el sueño, pero el eco explayandose en su cama no le dejaría dormir. Bebería hasta embriagarse del aroma que mojaba su cama, sumiendose en la memoria de cuando no se sabía, pero se era feliz.

                                                                                                                                        Giank

Imagen: http://farm2.staticflickr.com/1345/1021161528_0ec8745025.jpg