lunes, 23 de junio de 2014

Libreto

     Era una noche de esas que nos es familiar a todos: de esas en donde el silencio calla a todo intento de compañía, en donde las únicas voces que suenan son el movimiento de todos los objetos inanimados que son manipulados por un solitario que, en la oscuridad, intenta  prepararse una compañía que le caliente el alma (un trago de whiskey). Desilucionado se pregunta que ha pasado con él, de donde a venido a salir tanta tristeza, y cómo uno se deshace de ella. Hacía ya varios meses que nadie lo visitaba, que su vida laboral era cada vez más mecánica y su sonrisa sólo se iluminaba con la luz de su pantalla cuando veía series americanas en diferido. Una y otra vez la soledad, el automatismo, el pecho sintiendose más frio, como el metal, como un robot.

      Esa noche (la del whiskey), eso que estaba mal, ahora andaba peor. Se sentía solo, sí, como siempre, pero ahora también estaba triste y son pocos los que salen vivos de una sobre dosis de dicha combinación. Desesperanzado, dando grandes suspiros, llenos de lástima y desespero, tomó una hoja de papel cualquiera y, con el whiskey mojando la mesa y las lágrimas mojandole las mejillas, empezó a garrapatear cada uno de sus dolores: Era la biografía de su tristeza. Cada mirada triste, cada borboteo de nerviosismo en el pecho, cada apretón de ansiedad. Todo, todo estaba allí: cuando se murío su abuela, la que fue como su madre, cuando perdió a su oso de peluche, fiel compañero y primer abrazo conocido, el día que por primera vez le rompieron el corazón sin abrirle el pecho, las burlas, los fracasos, la lástima en el colegio, las aventuras no vividas, los sueños no cumplidos. Todo en letra minúscula porque le dolía tanto verlo.

      Ya amaneciendo, era hora de ir al trabajo. No había dormido por estar autoconfesándose con aquella hoja, dejando para el mundo ese único legado de tristezas. Dobló la hoja varias veces y se la metío al bolsillo, pensando que en el trabajo podría continuar.

       Ya en el camino, mientras veía por la ventana del acostumbrado bus, pensó en su gato. Ese que siempre lo fastidiaba a la hora de dormir y de despertar, que le lamía los vasos que dejaba descuidados en la mesa, le robaba la mitad de la cama, llenaba de pelos su cuarto, que un día espanto a una chica porque era alérgica a los felinos. Él también estaba en el confesionario de la noche anterior, dormido, sin arrepentimientos, pero siempre acompañandolo. Recordar a ese pequeño bribon le dejo una pequeña sonrisa en el rostro. Esa pequeña montañita de ternura era alguien especial para él. Luego recordó a sus hermanos, cuanto extrañaba a cada uno. Todas las cosas que compartían, todo el odio que se tuvieron. Todos los golpes, los robos, los insultos. Toda esa vida. Sacó su móvil y fue escribiendole a cada uno, y para su sorpresa, cada uno le fue contestando. Se fueron contando cualquier tontería que tuvieran en el momento, sintiendo ese comfort de poder hablar a pesar de la distancia, de las vidas, del tiempo. Mientras les contaba el día a día repleto de vulgaridades, que tanta risa les daba, se le ocurrieron un par de frases buenas, unas de esas que a todos les gustan. Había perdido la práctica, pero le salieron bien las conjugaciones gramáticas y le agradaba el pequeño fragmento de verso que había engendrado: "El lucero está cuándo nos damos cuenta que es de día." Tal vez nadie la entendería pero para él, aquel pasajero del bus de todos los días que se encontraba recordando sonrisas y ternuras, se sentía como la razón para estar en este mundo.

       Llegó a su parada. Bajo del bus y caminaba satisfecho, contento, optimista. Que bueno había sido aquel viaje. Cuando llegó a su puesto, se sentó y, vaciandose los bolsillos, como siempre acostumbraba, se dió cuenta que no cargaba su papel de desgracias. Se empezó a desesperar. Buscó enérgicamente por todo su cuerpo tanteandose como un tambor; estaba nervioso. ¿Qué haría ahora? ¿Y su historia? ¿La tristeza de aquella noche?

     Vencido, se sentó en su cubículo y, trazando palabras en el aire, fue escribiendo donde pudo: "Y él perdió aquella lista de tristezas, ese guión que tanto trabajo le había tomado, y le dijó al director:
- ¡Perdí el libreto ¿Ahora qué hago?


- Bueno, el otro único rol que queda.
- ¿Cuál?
- Ser feliz.


Giank


Imagen: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhb1oz1f4HTXisFqFMVzn504FfyH_mnUyEhmFIMUFSU6b-lykORXTDQXToi12MUSWRwsqoe1mglJoitwTL3Q79K_nT5nZY3T9sZJwM4vda5FTR_3ILlkGsbeTTNnzgGoskYiOCIXJae-fFE/s1600/bergman_dirige.jpg

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