viernes, 1 de mayo de 2015

Quisiera



Quisiera conocer la tú que baila cuando no hay nadie y con las luces apagadas,

la tú que al amanecer solo se maquilla con la luz del alba y los sueños que todavía le delinean la mirada,

la tú que pretende tantas historias en el escenario de su alcoba, con su gato a veces de público, a veces de complice de obra.

Quisiera conocer la tú desvestida de su apellido, la tú que usa las corazonadas como brújula, la que sin miedo canta sus delirios.

Me basta con esto, o con lo que tú quieras.

       
                                                                                                                       Giank


imagen: http://atomsofhappiness.tumblr.com/post/116079914821

lunes, 9 de marzo de 2015

Mundo apurado.


El Mundo siempre está como apurado
aunque hace mucho más de lo que recuerda
trescientos sesenta y cinco días siguen siendo un año,
en el mismo horario se siguen prendiendo las estrellas,
y con la Luna el tango se baila en veinticuatros.

El café sigue siendo el perfume de un buen día,
y el frío del rocío el mejor despertador,
la siesta acostumbra ser el postre del medio día,
la cena hace, a veces, las horas del desayuno,
y otras veces la noche tiende a acabar de día.

Es que, aunque no lo parezca, todo es estadístico,
los respiros, los latidos, inclusive las sonrisas,
y que decir de los amores, la locura, el sin sentido,
todo esto ocurre en  milimétrica sincronía,
haya apuro, se esté en calma, o con mucha prisa.

Así que aunque el Mundo siempre ande apurado,
el Tiempo no se dobla, ni rompe su rutina,
no tiene otra ciencia, tan simple es su horario,
el aquí y el ahora, el estar en cada día,
ese es el sentido de la vida, aunque creamos lo contrario.


                                                                                                                                        Giank


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miércoles, 11 de febrero de 2015

Cielo




Tu cuerpo,  cual cielo desnudo
irradiando tanta luz
haciendo cosquillas a los diamantes
que visten mi vasto azul.

Y mi piel, cual agua serena
indefensa ante tu fuego
tiembla entre mareas
que por ti se vuelven viento.

                                                        Giank

Imagen: http://www.delhidailynews.com/news_image/1412166679sea.jpg

sábado, 13 de diciembre de 2014

Piedras

http://taniarubinos.files.wordpress.com/2012/11/mirada-petrificada-800x533.jpg?w=800

 
estatua.
(Del lat. statŭa).

quedarse hecho una ~.
1. loc. verb. Quedarse paralizado por el espanto o la sorpresa.
 (ó tristeza)

     Siempre me pregunté por qué mi abuelo tenía la mirada apagada, como consumida. Sus ojos me recordaban al negro ceniza, esa suerte de negro que no terminaba de ser absoluto, y más bien se iba difuminando en un gris plateado, pasando a un gris usado, para luego quedar un gris nada. Su mirada siempre fue triste, aunque en su rostro hubiera alegría. Era como si algo se le hubiera petrificado en la memoria, como si un dolor no hubiera podido lavarse de su vida, y poco a poco se fue sedimentando en sus pupilas, hasta quemarlas, y luego disecarlas.

      El día en que murió, se nos fue por causa natural. Su corazón viejo y gastado decidió que era hora de retirarse por la puerta grande y colgó para siempre los zapatos. Se nos fue en un momento, sin grandes dramas, grandes escenas, casi de manera casual. Cuando alguien muere, curiosamente lo primero que se piensa luego del asombro es "¿Qué hacemos con el cuerpo?". Queríamos enterrarlo con su madre, y a ella, como era la tradición de ese entonces, se le había hecho un cepelio de cuerpo presente, respetando las viejas costumbres de que los muertos merecen una morada en donde descansar, y que no hay nada más sagrado que la integridad del cuerpo. Por ende, decidimos buscar una parcela en donde poder dar el mismo tributo a mi abuelo.
      Los señores de la funeraria "Entierros Aguirre", profesionales de familia con más de 25 años de experiencia en el negocio de las pérdidas sentimentales y el manejo adecuado de las despedidas, nos ayudaron en todo el proceso. Al momento de elegir el ataúd, nos advirtieron que desde hacía un año se había aprobado una nueva ley ambiental que dictaminaba que "todo cadáver, previo a su proceso de entierro, debe ser debidamente analizado para poder establecer su nivel de fertilidad y si el mismo califica para ser enterrado en una parcela de un cementerio local".
- "No se preocupen, es una cuestión protocolar. Ustedes saben como son los ambientalistas."- Nos comentó el señor Aguirre III, tercera generación de enterradores. Fue grande nuestra sorpresa cuando un par de días posterior a los debidos exámenes, nuestra solicitud de enterrar a mi abuelo como había sido enterrada mi bisa abuela fue rechazada
-"Nos da mucha pena con ustedes, pero los análisis dictaminan que su familiar no califica para poder ser enterrado como materia fértil."- Al leer el informe, todo parecía en orden, a excepción de un indicador "Los exámenes biológicos reportan que el sujeto, portador de tristeza crónica y recuerdos sedimentados, a raíz de esta condición, fue acumulando altos niveles de desolación los cuales se esparcieron en toda su existencia, hasta petrificarse en el momento de su muerte."
-"Bueno, crememoslo."- Dijo mi abuela al leer el reporte. Claro, no quedaba de otra opción, no era lo ideal, pero en la muerte, impera lo práctico, no lo romántico. Doble fue nuestra sorpresa cuando de la funeraria "Entierros Aguirre" nos notificaron "Señores, nos da mucha pena con ustedes nuevamente (menos mal que no eran burros y que no estábamos en Cartagena), pero el cuerpo no pudo ser cremado. El mismo se ha vuelto una piedra."- Se había petrificado con los ojos abiertos, con esa mirada ceniza, disolviéndose en la nada. 

      No nos quedo de otra que ponerlo en nuestro jardín, decorado con algunos palos de mango, que eran sus favoritos. El día del cepelio todos lloraron. Algunos lloraron lágrimas azules, llenas de emoción y de recuerdos, otros lágrimas turquesa, cargadas de nostalgia y arrepentimientos, y otras lágrimas más oscuras, de un azul oscuro hinchado en tristeza. Todos lloraron menos yo. Mi abuela, con una sonrisa agridule en el rostro, al ver que mi rostro estaba tan seco como un desierto, me comentó "Sabes, nunca me había dado cuenta pero tienes la misma mirada de tu abuelo. Él tampoco lloraba, aunque estuviera muy triste."

      Y así me enteré que yo también estaba condenado a ahogarme en tristeza hasta que poco a poco mis ojos se fueran petrificando, hasta volverse ceniza, y se secaran, como piedras, me conviertiera en estatua, me rodearan de vida, sin yo poder disolverme y volverme parte de ella.


                                                                                                                                      Giank


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martes, 14 de octubre de 2014

Cocaína



     Adictos a recuerdos. Ellos saben que viven en la cuerda floja de la cordura y la locura. Rodrigo lo sabía. Lo pensaba entre pases, cuyos efectos, cada vez que los evocaba, le abrían la vida, le abrigaban la tristeza, bendita cocaína. Le habían advertido que con eso de los recuerdos (en especial los blancos inmaculados cómo ese), había que andar con cuidado: que con ellos uno se va con el gusto del sabor de la saliva confundiéndose con el aire de antes, que uno se duerme con el calor del ahora mientras la humedad, a la línea del antes y el después, borra. Pero a un beso como ese, que lo enviaba tan lejos teniendolo tan cerca no se le podía poner límites; esos besos eran para perder el control, para abusar y dejarse abusar de ellos, mientras se consumen las horas, se despilfarra el sentido, para vivir entre dosis de nostalgia.
      Esto no fue así siempre;  ese malgasto de cualquier cosa que valiera la pena, parte de toda adicción que se haga respetar, también tuvo un día uno, un momento cero: Todo empezó un día de esos en que las lágrimas fueron las últimas en verlo despierto, mientras le rogaba a Dios que le diera aunque fuera un par de minutos de paz entre la perpetua tormenta que la tristeza del abandono había traído a los mares de sus adentros. Tenía semanas sin dormir, lo cual le había irremediablemente petrificado ese aire de lástima en el rostro. Había envejecido 30 años en cuestión de días; poco a poco estaba perdiendo no solo las ganas de vivir, sino que también estaba olvidando como se hacía eso de la vida. Con el solo escuchar el susurro de las primeras sílabas del nombre de la autora intelectual de sus desgracias, su corazón se detenía del susto, y esos saltitos ya lo estaban desgastando. De vez en cuando no solo le fallaba la atención, sino tambien la coherencia. El hambre era algo que ya le parecía extraño y, poco a poco, empezó a olvidar el significado de la palabra rico, así como el de cariño, esperanza, placer.

    Fue en aquel nocturno, en medio de la sal de dicha noche, en el que por primera vez se atrevió a recordarla en ese mismo lecho, con ese mismo frío de aguacero. En su delirio, al lamerse la comisura de los labios, se le fue confundiéndo por primera vez la sal de las lágrimas con el sabor del sudor de esa desnudez que solía respirar a su lado, ese latir ajeno que lo búscaba sin pudor ni vergüenza, sin nada más que el hambre de sus deseos. Y en ese remolino de emociones, salivando el anhelo, mimificando su cuerpo, pretendiendo ser dos personas para poder sentir como una, la dureza de la emoción  fue dejando la prudencia entre las sabanas y, en la taquicardia de la pasión, el amor se derramo entre sus piernas. Él, suspirando entre placer y tristeza, por fin pudo conciliar el descanso. Despertó un poco menos triste, con la acostumbrada ansiedad en el pecho, despeinado como siempre, nada nuevo; pero él sabía que ahora todo sería distinto.
     Poco a poco fue cada día evocandola más, durmiendo mejor, sintiéndose un poco menos sólo. Y en su ritual, iba seduciendola, amandola en su silencio, hasta que de las noches paso también a las mañanas, luego antes del almuerzo y a veces hasta la madrugada, hasta que el control era una mera formalidad, y la prudencia algo secundario.

      Se volvió loco porque, sí, también los que pasan mucho tiempo navegando el universo de la mente pueden encontrarse con un hoyo negro y perderse para siempre, tal como le paso a él. Si bien es cierto que antes no comía, poco hablaba y solo bebía tragos de nudos de garganta, ahora se había abstraído por completo a esta interpretación de nirvana en dónde solo le bastaban aquellos encuentros, cada vez más compulsivos, más frenéticos, más perversos para sobrevivir. Renunció a esta vida para poder seguir existiendo en aquella otra en donde estaba su Mía. Dios, en sus distintas manifestaciones, intentó de hacerle recobrar el sentido por todo tipo de señales, consejos, imprevistos, infortunios (un día su madre, guiada por un extraño presentimiento, o como popularmente se conoce como "corazonada" (o como Dios prefiere llamarlo, "diosidencia"), salió a ver por qué para entrar estaba tardando tanto; lo encontró en el carro, con las ventanas arriba, sudado, con apariencia de haber estado por horas en esa cápsula artificial de jadeos y aliento, abandonado a las tramas de sus manos), y, a pesar de los golpes, el llanto, los comentarios de los vecinos, la vergüenza digital, todo fue en bano. Y la desgracia en estos casos no es que uno se reconozca frágil y se desquiebre en tristeza y llantos, que caiga en la humillación, se reconozca adicto, con un problema, que se confiese entre un círculo de extraños y vivir por siempre en una compulsiva abstinencia, sedado de un placer que es más grande que él; el problema es cuando ya este placer se ha abstraido del ahora y se ha mezclado con las memorias, cuando el adentro se ha devorado todo el afuera.

     Un día en el que se sentía más fuerte (o más solo tal vez) que nunca, en esa confusión de desesperación y euforia, ya con varios pases de recuerdo encima, cometió el error de mezclar las drogas de la vida con las de la mente, y en un coctél farmacéutico, complementado con su acostumbrado pasé de cocaína onírica, se encerró a soñar con ella y, como todos sabemos, no hay cuerpo que aguante tal sobre dosis de manía.

     Se abandonó no solo a sus habituales recuerdos, sino que los mezclo con las más intensas fantasías, esas que, en la vigilia, la poca sanidad que le quedaba no le permitía por miedo al bajón (o la locura) que le seguía: un encuentro autoerótico perpetuo, en donde no se podía parar de estimular la pasión suspendida en el tiempo, desgarrando la piel, irritando a los nervios, consumiendo la poca energía que le quedaba al cuerpo para seguir con vida. Pero acá, siendo ajeno a todo, amo y señor de las reglas de la vida y de la muerte, desentendido del latir del tiempo, se escapó a este surrealismo tierno y perverso, saturando esa creciente expansión de emociones en su pecho.
Una y otra vez se amarían, compensando toda la ausencia, todo el tiempo perdido. Se abusarían hasta la última gota del jugo vital, hasta que de tanta pasión quedarían hechos polvo, hasta la última pena, y se lamerían las ansías hasta que se le cayera la vergüenza. En ese gusto, en ese abuso y compulsión, perdió a noción de las reglas de la realidad. En medio de su desenfreno, a mitad de pleno vuelo, como un castigo divino ante tal escena bosquesca, un estruendo salío de aquel cielo, quebrando la escenografía de su acto, justo cuando el acababa de venir a la vida, y esa sensación de estar más vivo que nunca pero con el rigoris mortis del cuerpo, floto en ese limbo con nada más que una gran sonrisa.

     Lo encontraron tieso como el olvido, blanco como la nieve y porozo somo la harina, su colchón mojado y el aire impregnado con un vulgar aroma a vida.


                                                                                                                                   Giank

Imagen: http://enpundit.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2012/07/anton-surkov-black-and-white-bodies-and-dust4.jpg

miércoles, 8 de octubre de 2014

Asfixia



Murió de asfixia porque 
ella, al partir, 
lo dejó sin besos 
y él, en esos besos, 
es que encontraba el aire.
                                                                                                                                                Giank



Imagen: Les Amants - René Magritte (1958).

jueves, 25 de septiembre de 2014

Escrito en piedra



"La muerte es lo único que está escrito en piedra." Dijo para sí mismo al inicio de aquella calurosa mañana. De un corrientazo, torpe pero decidido, tiró la taza de pereza, esa que tanto confort le da cada mañana, se restregó los restos de pesimismo de los ojos, se enjuagó el tufo de todo lo que no pasará hoy pero sí tal vez mañana, se paró, se abotonó el valor, se cubrío la cabeza con la gastada pero vigente determinacíon de ala larga, se cargó el pecho de todo el presente que pudo y salío a re escribir todo eso que todavía se podía, todo lo que irá después del dos puntos de su nombre: la vida, esa fábula polimorfa y caprichosa que se escribe sobre la canva de todos los días.

                                                                                                                   
                                                                                                                        Giank