Hoy, Lluvia, agobiada en un arrebato pre lunar, cansada de tanta ausencia, sin permitir la interpelación, me ha negado ignorarla, se ha rebelado ante mi indiferencia, y con todo su ser me ha evitado ceñir mi mirada a ninguna frontera.
Me ha encarcelado, aprovechando un instante, fragmento que lo ha vuelto un vuelco con el cual me arrebata el tiempo y el apuro. Me obliga a temerle, a escucharla; me inunda de ella, esperando que yo la inunde también.
Y hecha una furia de fieras me grita y me insulta, me retiene a sus antojos y a sus historias, y sin mínimas grietas por las cuales pasar, se cubre de algodones grises las tan tiernas pecas.
Su enojo la infla y la enloquece, la emancipa y la empodera. La pubertad la ha atiborrado de rabias, de penas, de sensaciones e incomodidades, sueños y medias certezas, dudas, manifiestos, fe, impulsividad, negligencia.
Destruye, fulmina, condena, todo es lo que sea. Siente, no piensa, cree que piensa, y en esa duda para y no siente. Y parece que se va, pero vuelve, se despide, y regresa; se sienta, llora, luego grita, se rie, de manera tierna, en manía, en desprecio, en abulia, en apatía, y es tirana y conquista, pero luego se acuesta y susurra, y en la locura no se sabe si es presencia o es ausencia, si es tregua o es lucha.
Pero en el silencio del ambiente, en el intermedio, se aclara un bisbiseo, un pequeño brinco, un sustito.
Ya no encuentra como ocultar el nerviosismo de la ansia de tanta espera. Y solo murmura. Murmura en las hojas cuanto quisiera surcar el cielo y quedarase en una fantasía, o sino le habla bajito al pavimento, como escondiendo cuanto extraña un lugar en donde decir "de aquí a ningún lugar regreso."
Y no sabe como depurar todas estas ascepciones si no es inundando el espacio de lo intenso, y llenando el vacio con estatica.
Solo dispersos se ven sus más tiernos anhelos, reflejados en un color parecido al calor del día. En los faroles, en las luces y en las luciérnagas se pueden ver los ecos de sus tan reconditas sonrisas.
Respiro hondo la sal de sus heridas, y me cargo de un momento, que lo encapsulo hasta el fin de mis días.
Se aprieta el pecho, se exhala un acorde, una rima, un suceso, y nos perdemos ambos, sin recordar yo hacia dónde voy, y ella de donde venía.
La tormenta para, se despeja el cielo, gotean los ecos.
Giank
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