Si tuviera un recuerdo al cuál pudiera volver, tal vez visitaría no a una hora de vida que se fragmenta, sino a un instante de alma que no marca inicio ni final.
Instantes como aquellos cuando el pecho se hincha de suspiros nocturnos, las ideas se embriagan de fantasias y las manos intentan de pintar con palabras la imagen de algo que no se puede olvidar.
Como el beso de lo incierto contra unos labios que en el transcurrir del calendario no se han conocido, pero en el flotar de una emoción no se podrían sentir más familiar.
Bueno, quizas también podría volver al calor de ese aroma a dulce y a hogar. Ese que abraza cada madrugada de lluvia, cada silencio de semana, cada romper de la estática del soñar.
No estaría de más visitar a la agridulce proeza de esa vida que fue destinada a hacerme compañía en forma de maullidos y ronroneos. Ese espíritu que me entiende sin palabras, me contiene sin permiso, y me acompaña porque sí.
Y por qué no destinarme al infinito de una piel que se tatua en tinta, que no me permite pasar el silencio a solas, derramar lo que tenga entre las venas en privado. Esa compulsión que me acompaña aunque no haga falta, y que hace falta si no está.
A esos momentos volvería sin duda alguna. Por cualquiera cambiaría la eternidad.

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